Home Literatura y Crítica Opinión La Sandía de Shikoku
 
La Sandía de Shikoku PDF Imprimir E-mail
Escrito por Expresión Viva   
Martes, 08 de Agosto de 2006 05:00

Un campesino de la ciudad japonesa de Shikoku, años atrás desarrolló un método macabro para hacer sandías cuadradas. El sistema cuadrático es bien simple y rudimentario. Consiste en meter, desde pequeñas, a la sandía en una caja de cristal.

El elogio al cuadro

Un campesino de la ciudad japonesa de Shikoku, años atrás desarrolló un método macabro para hacer sandías cuadradas. El sistema cuadrático es bien simple y rudimentario. Consiste en meter, desde pequeñas, a la sandía en una caja de cristal. La joven sandía comienza a crecer y al chocar contra la cruel pecera, sus hermosas curvas se empiezan a moldear con la forma del cúbico receptáculo...

Cuando la sandía tiene la forma de la urna, esta se rompe para liberar a la patilla adoctrinada. En cuestión de días el resultado es, no solo una deprimente sandía cuadrada, sino cientos de sandías cuadradas exactamente del mismo tamaño. ¿Qué mente perversa se le ocurre hacer semejante insulto a la natura? ¿Para qué haríamos de una estética y ovalada sandía un cubo patético? Pues la respuesta es: para apilarla una encima de otra y poderlas comercializar y vender. Y así jamás ninguna sandía de entrañas rojas, intentará, por lo menos, emprender una fuga del supermercado. Qué tristes serán esas sandías cortadas y puestas en la mesa, jamás me sonreirán como las sandías de verdad. 

A su vez, esto de la sandía, me hace reflexionar acerca de la influencia del cuadrado en nuestras vidas. Ahora me pregunto ¿somos los humanos seres naturalmente cuadrados o seres circulares? Pero una redonda idea me atormenta la mente; desde el momento mismo en el que los espermatozoides entran en el óvulo se produce la maravilla de la fecundación. Consideremos pues que el óvulo es hermosamente circular. De allí pasamos nueve meses en esa estructura arquitectónica, catedral de la vida, cúpula celestial, bóveda materna, llamado vientre. El vientre así de circular ofrece la protección y la tibieza necesaria para no morir antes de nacer. Mas cuando nacemos, somos arrojados de una manera verdaderamente antinatural y brutal a una incubadora cuadrada.  Debe ser tremendamente aterrador para un bebé pasar de la calidez de una pancita al frío paralelepípedo de un cristal. ¿Tal vez sea lo mismo que sienten las pequeñas sandías en su cajón de vidrio?

Después, nuestras vidas no cambian mucho, pues será habitar una eterna sucesión de espacios cuadrados. Ya en casa, nos meten en una cuna cuadrada. Crecemos y rápidamente aprendemos que con un rectángulo podemos encender una caja cuadrada que nos entretiene. Luego viene el colegio donde aprendemos en un salón cuadrado, frente a un tablero cuadrado, escribimos en cuadernos cuadrados, impresos con muchos cuadros para que nuestros dibujos queden lo suficientemente cuadrados. En el planisferio la profesora nos enseña que el mundo es redondo pero ni ella lo cree. Aprendemos a no salirnos de la raya y cosas así, que tendrán como fin último, convertir nuestra masa encefálica en un una caja gris obscura, lisa, sin undulaciones siquiera.

Pero hay que admitir que no todo en la vida de un niño es cuadrado. Claro, hay cosas maravillosas y redondas como las pelotas de fútbol y las ruedas de las bicicletas. Pero pronto esos objetos nos comienzan a importar menos. Después, a recompensa de tanto estudiar y afilar nuestras esquinas, obtenemos un cartón cuadrado y en la ceremonia lanzamos al aire un ridículo gorrito de base cuadrada. La urna parece romperse, y en cuestión de años el resultado es, no solo una deprimente sandía cuadrada (graduada), sino cientos de sandías cuadradas (graduadas) exactamente del mismo tamaño.

Pero este es solo el comienzo de varios años de formación, en el estricto sentido de la palabra formación, es decir tomar la forma de, en este caso, de un cuadrado. De allí sigue pregrado, postgrado, doctorados, especializaciones, maestrías, etc, etc.

Después será lo correcto conseguir un trabajo. Y allí trabajar en cubículos frente a ordenadores de pantallas cuadradas y marcar una tarjeta cuadrada al entrar y al salir.

Pero no todo es malo, pues nos seguimos formando y formando, hasta que bien formados ya nos enamoramos. Para la boda hay que tener todo cuadrado. Firmamos papeles cuadrados para poder amar. Nos vamos a nuestras casas cuadradas y hacemos el amor en camas cuadradas frente a la cajita que divierte. Pero si un día aparece una elíptica anormalidad en la barriga de la mujer, se prende la alarma, pues nosotros, como las sandías, a pesar de ser cuadrados por fuera, seguimos manteniendo por dentro la naturaleza circular de nuestras semillas,  semillas que tienen la peligrosa tendencia a producir nuevamente hombres y sandías redondas. Pero eso no es problema, por que a esa altura de nuestras vidas seremos todos unos granjeros de Shikoku bien formados y concientes, dispuestos a cuadrar todo para el buen futuro de nuestros pequeños sandios. Y así, el ritual de vidas cuadradas se perpetúa; seguimos comprando en supermercados cuadrados, ropa de marca cuadrada, y claro, todos debemos aspirar a tener muchísimos papelitos rectangulares de valor en nuestros bolsillos cuadrados.

Pero la vida corre implacable. Después, ya viejos, sentados en sillas cuadradas, frente a una ventana rectangular, trataremos de mirar el mundo, pero ya no podremos. Trataremos de hacer rodar nuestra pelota,  pero ya no girará. Las llantas de la bicicleta serán dos marcos estancados sobre sus pesadas bases. Lloraremos y del fondo de nuestras glándulas brotará, seguramente, una gotita esférica de agua salina como del mar redondo. Morimos y un acta cuadrada certifica que hemos muerto. Y finalmente nos meten en una caja de madera y, paradójicamente, nos entierran en la redondez de nuestro planeta, tan redondo, tan esférico, tan parecido a nosotros.

Ahora me pregunto mientras como una sonriente sandía,  ¿Qué mente perversa se le ocurre hacer semejante insulto a la natura? ¿Para qué haríamos de un hombre un cubo patético? Pues la respuesta es: para apilarnos, unos encima de otros, como las sandías de Shikoku. El círculo no es una forma funcional, es más bien completamente disfuncional. Cuando apilamos sandías cuadradas piramidalmente, quiero decir, muchas en la base, pocas arriba, se genera el triángulo social. Recordemos que el triángulo es la forma geométrica más estable que hay. ¿Serán estos los cimientos de la sociedad capitalista? Una gran pirámide hecha con círculos es tremendamente peligrosa, un sistema inestable, pues las sandías de la cima de la pirámide podrían caer a la base con las demás sandías.

Alguna vez dijo un jefe espiritual amerindio: cuando un niño nace en la sociedad de los blancos, se agrega un cuadrito. Por el contrario, en nuestra sociedad, cuando un niño nace, el círculo se agranda. 

---

Lea este y muchos artículos más desde Tierra de Maíz, el blog personal de Vera Carvajal - www.tierrademaiz.com

 

Actividad reciente

Reciente
Leído
Popular
Facebook
Tweets
 

Novedades Literarias

Artículos recientes

 

Design Expresión Viva. Potenciado por Joomla!. Valid XHTML and CSS.

@Expresionviva Facebook Expresión Viva
 
 
 
@Expresionviva Facebook Expresión Viva