Esperando el tren PDF Imprimir E-mail
Escrito por Alonso López Ramírez   
Jueves, 26 de Enero de 2006 05:00

El sol, una vez abierta la puerta principal, no era el mismo que se veía tras los barrotes o en el patio tres: esa galletita incólume que los reos no solían contemplar. El de ahora era una esperanza. Ismael trató de dilatar al máximo sus pulmones porque el aire de ahora era nuevo, era glorioso. Se habían acabado los años tras las rejas, el inexorable tiempo detrás de muros de excusas que le mantuvieron prisionero durante tantos calendarios. Casi le dijo adiós al policía que cerraba tras de sí la puerta. Casi una lágrima descendió por su rostro atribulado.

Sin un centavo en los bolsillos, que de todas formas estaban rotos, con un trozo de pan y un café barato en digestión y un sombrero roído de tanto paseárselo entre las manos fue abandonado a su suerte. La llanura se extendía inmensa ante sus ojos. Liviano, demasiado dispuesto, emprendió su marcha. Casi se le olvidaba caminar, casi el verde de los prados. Pero recordaba sí el camino a la carrilera: lo recordaba como si tan sólo ayer hubiérase bajado de las bóvedas ruidosas de una máquina de vapor. Recordaba el tren. Recordaba el camino al tren. Lo de después no importaría, esperaría agazapado al lado de los rieles, arrojaría su sombrero al vagón abierto y se treparía luego dando violentos manotazos para sujetarse. Lamentaría no llevar una guitarra. Iría a cualquier lado, nadie le esperaba; como no llevaba rumbo fijo cualquier tren le serviría.

Se fue contando los pasos hasta que la serpiente de metal oxidado se dibujó entre los matorrales. Olvidó la cuenta; la de los pasos, la de los días, la de los años. Se sentó en la nada, viejo como una piedra, viejo como el mundo pero jamás cansado a observar el horizonte, a darle vueltas al sombrero entre las manos, a mirar por enésima vez la foto de Matilde en un trozo de periódico que siempre llevaba en el bolsillo de la camisa; el único sin agujeros. La Matilde pancarta en mano: “Libertad”. La Matilde que lo visitó los primeros tres años. La Matilde que no volvió. La Matilde que andará puteando, vieja y escuálida. La Matilde linda.

Se ha quedado allí desperdiciando sus ojos bonitos en mirar al vacío como los desperdició las últimas décadas entre las paredes de su celda. Se ha quedado allí y lleva horas esperando aunque no importa porque esperar es lo que mejor hace. Pero deberían decirle las flores o las piedras o las briznas de ocre hierba que los trenes dejaron de pasar por esta ruta desde los primeros años de su encierro. De ese encierro que felizmente ya hace parte de su pasado.

 

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