Promesas rotas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Alonso López Ramírez   
Sábado, 21 de Enero de 2006 05:00

Se viste. La camisa acentúa su, ya prominente, barriga. Beatriz lo mira hacer y lo interroga con los ojos. Beatriz sabe que ya las arrugas están ganándole una batalla perdida de antemano. La vejez se le ha ido acomodando en la boca, en las bolsas de los ojos, en el ceño irremediablemente fruncido por los golpes de la vida y el paso de los años. En el vaho irrespirable del cuarto de Beatriz, aromas a sexo cansino tratan de hacerse notar: vagamente, en los dedos, a Miguel un olor a hembra vieja le subsiste. Sigue vistiéndose y la mira: envejece. Beatriz y Miguel saben que cada día es trascendental para ambos; no se puede recuperar si se pierde.

Miguel le regala otra mirada y le sucede que se le parte el corazón. Una grieta, una herida siempre abierta y dispuesta a sangrar. No le hará esta vez la promesa tantas veces rota, promesa de noches de copas, de calenturas incontenibles, de apasionada admiración por la jovenzuela aguerrida que antes fuera. Beatriz, madura, es una Beatriz usada, distinta, demasiado maquillada. Beatriz, un día, cuando todo esté mejor, te voy a llevar conmigo, te voy a hacer mi mujer y se nos van a acabar las penas; las mías que son de soledad y las tuyas que son de tanto trasegar.

Miguel da media vuelta para sorprender en el espejo otro rostro derretido: el suyo. Otra vejez; ni siquiera puede terminar decentemente una faena de sexo como veinte años atrás. Ahora la interrogación que tiene Beatriz en los ojos es una aguja que se clava implacable en la nuca de Miguel. “Déjame oírte prometer otra vez todos esos tesoros solares que llevas dentro”*. ¿No lo vas a prometer una vez más? ¿Cómo veinte años atrás?

Miguel vuelve a encarar a la dama que ahora le mira con un agrio gesto de rencor. Con un agrio gesto de desesperanza. Y encuentra él la más elocuente manera de hablarle: ajusta su correa, saca del bolsillo dos billetes de veinte mil pesos colombianos, se los arroja con cuidado en las piernas, la besa en la frente y se va; sin decirle una palabra, sin dejarle oír una promesa.

*Henry Miller.

Última actualización el Domingo, 22 de Agosto de 2010 05:21
 

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