|
A estos cuentos no los afecta el paso del tiempo ni la evolución de las generaciones.
Les podemos agregar todos los ingredientes que se nos ocurran para hacerlo mas interesante y atrayente para nuestro oyente.
Los clásicos son aquellos que se transmiten de forma oral de generación en generación con variantes propias del lenguaje y costumbres de cada lugar, son los que se ubican en el primer lugar a la hora de dormir o narrar un cuento a un niño pues los tenemos incorporados como oyentes desde nuestra niñez.
Hay que tener en cuenta los puntos principales de un cuento y jugar con ellos para hacer más rico el relato...
Blancanieves y los siete enanitos
Blanca nieves y los siete enanitos es un clásico que podemos contar y adornar con mil matices que agraden y seduzcan a nuestros niños. Recordemos la belleza increíble de blanca nieves, su dulzura y su amor por los animales. También es importante la imagen poderosa de la reina, que con su orgullo y vanidad es capaz de los peores actos. Y por supuesto los siete enanitos del bosque tan personales, generosos y graciosos que acompañan a la protagonista hasta el fin. Por último el apuesto príncipe con su caballo blanco y su beso mágico que completan esta hermosa historia de amor y envidia en la que el final no puede ser otro que un final feliz.
Caperucita roja (una pequeña versión del cuento)
Había una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la muchachita la llevaba tan a menudo porque le gustaba tanto, que todo el mundo en el pueblo la llamaba caperucita roja.
Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuela que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese por el camino, pues cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre andaba acechando por allí un lobo feroz y malvado.
Caperucita roja recogió la cesta con los pasteles y se puso en camino. La niña tenía que atravesar el bosque para llegar a casa de la abuelita, pero no le daba miedo porque allí siempre se encontraba con muchos amigos: los pájaros, las ardillas, los ciervos.
Caminando, Caperucita de repente vio al lobo enorme delante de ella.
- ¿A dónde vas, niña?- le preguntó el lobo con su voz ronca.
- A casa de mi abuelita- le dijo Caperucita.
- No está lejos- pensó el lobo para sí, dándose media vuelta.
Por consiguiente convenció a Caperucita de irse por otro camino, donde encontraría unas flores hermosas para su abuelita. Era un camino muy largo.
- La abuela se pondrá muy contenta cuando le lleve un hermoso ramo de flores además de los pasteles – Pensó Caperucita.
Mientras tanto, el lobo se fue a casa de la abuelita, llamó suavemente a la puerta y la anciana le abrió pensando que era Caperucita. Un cazador que pasaba por allí había observado la llegada del lobo.
El lobo devoró a la abuelita y se puso el gorro rosa de la desdichada, se metió en la cama y cerró los ojos. No tuvo que esperar mucho, pues caperucita roja llegó enseguida, toda contenta.
La niña se acercó a la cama y vio que su abuela estaba muy cambiada.
- Abuelita, abuelita, ¡qué ojos más grandes tienes!
- Son para verte mejor- dijo el lobo tratando de imitar la voz de la abuela.
- Abuelita, abuelita, ¡qué orejas más grandes tienes!
- Son para oírte mejor- siguió diciendo el lobo.
- Abuelita, abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes!
- Son para...¡comerte mejoooor!- y diciendo esto, el lobo malvado se abalanzó sobre la niñita y la devoró, lo mismo que había hecho con la abuelita.
Mientras tanto, el cazador se había quedado preocupado y creyendo adivinar las malas intenciones del lobo, decidió echar un vistazo a ver si todo iba bien en la casa de la abuelita. Pidió ayuda a un segador y los dos juntos llegaron al lugar. Vieron la puerta de la casa abierta y al lobo tumbado en la cama, dormido de tan harto que estaba.
El cazador sacó su cuchillo y rajó el vientre del lobo. La abuelita y Caperucita estaban allí, ¡vivas!.
Para castigar al lobo malo, el cazador le llenó el vientre de piedras y luego lo volvió a cerrar. Cuando el lobo despertó de su pesado sueño, sintió muchísima sed y se dirigió a un estanque próximo para beber. Como las piedras pesaban mucho, cayó en el estanque de cabeza y se hundió al fondo.
En cuanto a caperucita y su abuela, no sufrieron más que un gran susto, pero Caperucita roja había aprendido la lección. Prometió a su abuelita no hablar con ningún desconocido que se encontrara en el camino. De ahora en adelante, seguiría las juiciosas recomendaciones de su abuelita y de su mamá. |