Un paseo inesperado PDF Imprimir E-mail
Escrito por Juan Guayara Mora   
Viernes, 20 de Agosto de 2010 05:02
El día menos pensado… 7:30 a.m., esquina de la Roosevelt con 22. Un hombre normal, común y corriente es plagiado por individuos que se desplazan en una camioneta blanca. En esa esquina abordaba un taxi a su trabajo cada mañana. Pero este domingo de enero a la hora que debería empezar a atender en la compraventa donde labora, Francisco Peláez está tirado en el piso trasero con cuatro individuos vigilándole muy sigilosos y una pistola agachándole la cabeza.

Un hombre se le había acercado con el pretexto de preguntarle la hora, lo encañonó por la espalda… “Deje el visaje y no le pasará nada” y lo obligó a subirse a la camioneta. “El día menos pensado… después de despertar, se me vinieron los recuerdos e impresiones, y después viene la achantada mas brava, sucede aún ahorita… después de tanto tiempo”.

Prefiere no hablar sobre esa experiencia, y si acaso sucumbe, su discurso es parco y frío; pero ríe a carcajada suelta cuando contempla a través del cristal vertiginoso del tiempo, que la idea del suicido que acompañó sus delirios post adolescentes, se le desvaneció cuando volvió del monte, cuando logró llegar de aquellos viajes, en ocasiones mortales, que alteran el curso de una vida y en ocasiones extremas trastornan los comportamientos habituales. Este hombre que me cuenta su historia sentado en la cama y apretando un cigarro en sus labios, por decirlo así, acaso generoso. Fueron tan solo tres días, pero hoy no logra disimular la incomodidad de esculcar entre sus recuerdos y su respiración se ahoga en instantes, como se ahogó aquel día que Nepo entró a su cuarto y puso una browning en su cabeza anticipándole que iba a morir… tres días después de su captura cumplía 22 años.

Un ranchito, una vieja, un pela’o llamado Fercho y Nepo

Después de tres horas aproximadas de viaje, sintió como la carretera acababa su pavimento y empezaba una inclinada trocha destapada. La ansiedad empezó a aturdirlo allí agazapado a los pies de sus captores, se imaginaba lejos de Cali, en una zona montañosa, fría y sin punto cardinal claro. Llegaron a la cima de una montaña donde le esperaban al lado de un cerco dos hombres a caballo que se hicieron cargo de su presencia mientras los plagiarios se evaporaban por una trocha empinada. Descendieron por un cañón y ascendieron de nuevo la montaña hasta hallar una casita perdida entre la manigua. Había allí una vieja, un muchacho de unos 18 años y el frío que azotaba sin compasión las paredes del rancho. Inmediatamente lo metieron en uno de los cuartos junto con Fercho y le quitaron los documentos. En la oscuridad del cuarto, la ansiedad seguía creciendo, un hombre entró rato después, lo miró entre las sombras y volvió a salir. Desde el cuarto escuchaba un murmullo de voces, de ordenes que inevitablemente tenían que ver con él, pero que no alcanzaba a captar. El hombre partió y se quedó allí solo en la oscuridad junto con el muchacho, hasta que apareció la vieja con aguapanela humeante y pan aliñado, buscó acomodo en el colchón desnudo y empezó a esperar su muerte. Mas Fercho tendría una sorpresa que regalarle esa noche. “Tomó confianza y en medio de las sombras y empezó a decirme que quería desertar, que quería irse de la guerrilla”.

La puerta se azotó ante el estruendo de su entrada. El hombre que le había observado el día anterior entre las sombras se encontraba allí en medio del cuartucho, ordenó a Fercho salir y se sentó al borde de la cama. Francisco que había logrado conciliar el sueño, se recogió en su lecho ante la violencia de su irrupción… hasta allá fue el hombre que le abrazó con supuesto afecto, ahora Francisco se sentía extraño, incómodo, dejándose abrazar por un hombre que no conocía y le mantenía cautivo como una presa muy preciada, cuando ¡zaz!, pistola en la cabeza… “Se me fue el aire, tenía ganas de llorar y no podía”. El hombre se presentó con la amenaza palpitando en la cabeza:

-Mi nombre es Nepo, ¿vos has pensado en morirte algún día? Sabe qué pela’o… piense que a partir de este momento, usted se puede morir.

Y salió del cuarto dejando a Francisco lleno de inquietudes sin respuesta, al momento entró de nuevo haciendo el mismo estruendo y tiró a Francisco un atado a la cara, que contenía ropa para el frío, guantes y un pasamontañas…

¡Un regalo de cumpleaños!

Solo la aguapanela con pan que le brindaba la vieja, lograban calmar su angustia. Francisco Peláez despertó al tercer día deprimido, pensando en casa, sabiéndose alejado por la fuerza de lo que mas quería: su familia. Sin embargo una esperanza logró conmoverlo con las primeras luces del día.

-Fresco chino que usted va a salir de aquí.

Era Fercho que le daba ánimo, mas Francisco tomaba sus palabras como un simple cumplido de la bondad. De nuevo entró Nepo haciendo hostil y explosiva su aparición, entregó la cédula a Francisco y se quedó con lo demás, billetera, dinero, documentos… y con un cinismo jubiloso preguntó: "¿se asustó con lo de ayer pela’o?" Pero Francisco no atinaba a contestar, su voz sólo encontraba la fuerza para preguntar desesperadamente "¿Qué me van a hacer, qué me van a hacer?". Nepo Salió del cuarto junto con Francisco. La vieja cruzó dos palabras con Nepo y se perdió por un camino montañoso, lo metieron de nuevo al cuarto hasta que escuchó el aliento de un caballo. “Empecé a especular sobre lo que me había dicho Fercho con anterioridad, fortalecí mi esperanza”. El muchacho confirmó lo que anhelaba su pecho: “Si ve pela’o que usted se iba a ir” y Francisco rompió en llanto, un llanto compulsivo que terminó por hacer llorar a su joven captor. “Usted sabe que yo me quiero ir de aquí, esto es una mierda, bacano usted que se va” y sacó de entre sus pertenencias una estampita del señor de los milagros de Buga y escribió al respaldo “Para Francisco en su cumpleaños”.

Salió del rancho al medio día del tercer día de cautiverio, afuera ya no estaba Nepo, pero había dos hombres a caballo que lo obligaron a caminar y descender por la trocha hasta una bifurcación. “Bueno, agarre este camino que por aquí llega a la carretera”. Francisco pensó que lo iban a matar por la espalda y no tomaba confianza para dar el primer paso, pero uno de los hombres le encañonó “Abrase pues pela’o. ¿No se quiere ir?”. Y Francisco empezó a caminar con desconfianza hasta que llegó a una curva 100 metros más adelante, allí volteó para ver a sus captores, pero estos ya no estaban. Empezó a socorrer como loco agarrando la manigua, corrió hasta que cayó exhausto y fue socorrido por un campesino que le ayudó a coger un bus.

Hasta Santander de Quilichao se desplazó, de allí logró llamar a sus familiares, les dio su ubicación y se acostó a dormir plácidamente en la estación de policía…

Se está mucho más sólo cuando nuestra libertad es arrebatada por la fuerza. En esta sociedad tan frágil donde hombres y mujeres se pierden sin aviso ni explicación. Caminar desprevenidamente por la calle sin deber nada, podría ser una excusa para sentirse libre, pero también se advierte la vulnerabilidad de la que están sujetos quienes no toman acción, ni facción, ni participación en este conflicto que no conoce reglas ni objetivos precisos. El secuestro vive entre nosotros como una oración diaria.

Esta es la historia anónima de un hombre que fue secuestrado por error un domingo 12 de enero de 1992 y volvió y vivió para contarla.

Última actualización el Martes, 08 de Febrero de 2011 04:57
 

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