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Escrito por Crónica de un Rodillón   
Viernes, 20 de Agosto de 2010 05:00

El balón se elevó por los aires describiendo una perfecta parábola. Carlos Alberto, el Poeta, se puso alerta y se cercioró de que estuviera bien ubicado en caso de ser probado por un cabezazo, se sentía reanimado porque una llamada le acababa de confirmar que su hija había sido admitida en la Universidad Nacional.

Por esa zona corría el Muchacho, así conocido por su ilegítima juventud, que se apresuraba a hacer contacto con el esférico, en cuyo descenso adquirió mucha mas velocidad y se precipitó justo hacia su empeine; el Muchacho alcanzó a sentir la vibración del gol en su paladar, el temblor del éxito en los huesos de su cuerpo antes de descachar, ¡SUAZ! Atravezó el aire el deseo esteril del gol. El balón rebotó dentro de las 18 y pareció escurrirse hacia la banda, Carlos Alberto pudo soltar el aire y mirar cómo la amenaza se alejaba cuando vio a los gallinazos, enormes, aleteando cerca de ellos.

Quizá no era del todo tarde cuando descubrió que Plinio Benavidez, conocido como el Cañón Benavidez en su juventud, venía perfilándose por el costado; su corazón dio un brinco, pero seguía en su lugar: el padre del Muchacho, que tenía siempre que secundarlo, se concentró en los salticos de la esférica y colocó la zurda un poco adelantada para apoyar el sablazo, lo interceptó y el balón cruzó el área como un rayo. Todos contuvieron el aliento, Carlos Alberto hizo lo posible por mover su pesado cuerpo hasta la punta contraria, pero era inútil...

El empate les había caído como piedra al final del primer tiempo. Era el tercer Encuentro Deportivo de Profesores de la Universidad Nacional, y la final futbolera iba a ser definida por las sedes de Bogotá y Manizales, gran anfitriona del certamen, una vez hubiera terminado el partido entre las sedes de Palmira y Medellín. Durante el descanso, el capitán Fredy Campanita Ospina, volvió a gritar a Rubén que nadie tenía derecho a pedirle que la pasara, que todos estaban dormidos desde hace tiempo y que parecía que no quisieran jugar, que si ya no podía con el fragor de un partido que ya era hora de... [...] que estaban jugando tiempo extra.

Los ánimos estaban turbios, aunque todavía Marulanda, Adriano y Don José -el técnico-, pensaban que el equipo era muy superior a la sede paisa y que el cotejo podía ganarse a las anchas si ponían un poco más de empeño en la cancha, que era cuestión de estar bien parados y pegarle de afuera, que ellos no tenían arquero. Era cierto, si salieran a hacer exactamente eso, ganarían sobrados, pero qué podía esperarse de un montón de perdedores que nunca hicieron una treinta y una completa, que quizá nunca habían soñado en serio, como él, Fredy Campanita, que soñó con jugar en el América como el Flaco Volquen, el Indio Montaño, Camilo Cervino, Ósca el Pinino Mas, Luis Fernando Reyes o????? la Fiera Cáceres e ir a la selección Colombia donde habría jugado con el Pitufo de Ávila con quien hubiera hecho un dúo explosivo y goleador, él de volante creador, como hasta ahora, y el pitufo convirtiendo sus increibles pases en goles, goles tras goles hasta besar la Copa Mundo del 86 y dedicarla a sus compatriotas. Y se preguntaba cómo diablos había acabado en medio de tantos engarrotados, él, a quien solían decirle Maradona aún antes de que este existiera, él, cuyos botines lanzaban los pases tan o mas precisos que el Pibe, él cuya galleta era infalible y tantas cosas más; qué hacía ahí, con un título de catedrático y un equipo de intelectuales que nunca sintieron esa picazón única que trasnocha a los artístas.

-Campanita, ahora que llegó Harlem, lo vamos a poner adelante para que lo pongás a correr y vos podás jugar más parado- le dijo Don José Miranda, el técnico.

Al otro extremo del campo podía verse a los paisas. Tenían puesta una franela sin más distintivos que la opaca blancura de los dos juegos anteriores. Era evidente que el fondo había desmejorado también en Medallo y que los jugadores no tenían más ánimo que ellos; tenán 7 goles en contra y contaban con 1 punto que deberían ser 3, pero el arbitraje contra Manizales estuvo vendido. Los palmiranos no tenían puntos, y en el juego contra bogotá, un solo hombre les metió 6 goles, mas el 3 a 1 contra manizales, los dejaba sin posibilidad alguna en el torneo. Muchos jugadores desertaron y la noche del sábado la pasaron en la capital de Caldas, a 45 minutos y un peaje de la concentración en Santágueda, una especie de Yanaconas paisa en donde el Fonde de Docentes de la UN (FODUN), habían programado el tercer Encuentro.Cuando los equipos saltaron a la cancha por segunda vez se suspendió por un instante el tiempo, con el que unos gigantescos gallinazos se posaron en los árboles circundantes a esperar los restos del equipo perdedor.

El árb?????itro puso el silbato entre sus labios y pitó el inicio del segundo tiempo. Hubo buenas oportunidades, e incluso Harlem hizo un par de buenos tiros al arco que emocionaron la tribuna., hasta que, por fin, en el minuto 32 los gallinazos empezaron a aletear, dieron vueltas por el centro del campo y finalmente se dirigieron hacia el pórtico defendido por el Poeta, quien los alcanzó a ver, antes de hacer un gran esfuerzo que por poco termina en volada, para evitar una anotación, cuando Benavidez interceptó una increible bola que cruzó el área como un rayo, pero era inutil tirarse; en la garganta de los paisas se ahogaba otro grito de gol: Benavidez no dio buena dirección al balón. La suerte le permitió a Rubén hacer otro saque de meta sobre el empate. Campanita se ubicó en la bomba central; sabía que el balón iría a parar ahí, no más allá. Rubén tiró el balón hacia el desprevenido Eibar que esperaba cerca de las 18 a que se reanudara el juego. El back central hizo lo posible por reaccionar, pero resbaló y el balón derivó cerca de el Cañón Benavidez, quien sin perder un solo instante de más sacó un surdazo que fácilmente se incrustó en la red. Una lenta resignación de 15 minutos abrazó al equipo, y Campanita sufría visiblemente la mordida de la larva del fracaso.

Camino a casa, sabían que regresaban de un sueño, en el que todos eran futbolistas, y que no habría alargue. Pero Campanita se sentó solo y no dijo nada hasta que se despidieron en Las Versalles: habían vuelto a la vida de siempre.

El fútbol ha vivido en la mente de los colombianos durante más de un siglo. Muchas empresas en instituciones cuenta con un equipo. Dirigidos por ellos mismos, graduados de la escuela de ver fútbol durante toda su vida, estos rodillones van a los campeonatos y por unos días es como si siempre hubiesen sido eso, futbolistas.

Última actualización el Viernes, 20 de Agosto de 2010 18:14
 

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