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Mente Criminal - Capítulo 1 PDF Imprimir E-mail
Escrito por K.litos White   
Jueves, 28 de Abril de 2011 23:47
«Ahí estaba yo, exhausto, adolorido, inmóvil, tirado en el piso, con la cara contra el pavimento. Respiraba mis últimas bocanadas de aire en medio de un espeso y coagulado charco de sangre, ante una muchedumbre de espectadores, murmurando cómo minutos antes, intentaba escapar del fuerte, frio y apasionado abrazo de la muerte. Mientras tres pedazos de plomo más veloces que yo, se incrustaban en mi espalda, cual centellas fulminantes envidas por los dioses a ajusticiar al peor de los blasfemos; centellas que quemaron mi piel, mis músculos y detuvieron mis piernas en plena carrera.

Allí, con un dolor indescriptible. Furioso, humillado y triste. El ardor que sentía cuando intentaba respirar y el sufrimiento por la incapacidad que me causaba el hecho de no poder moverme, eran insignificantes, comparados con el hecho que fuera por la espalda.

Maldecía el haber tenido que correr, ante la mirada perversa de los presentes. No comprendía el por qué la muerte traicionera, cual enemiga íntima y cruel, aprovechara el momento en que más indefenso, confiado y desprevenido estuve.

Bien por mis enemigos que aprovecharon mi situación desprevenida y vulnerable, cual cervatillo a merced de su más fiero depredador, y no dudaron en adelantarse a mis acciones; sin ningún código de hombría o respeto, en la única oportunidad que pude brindarles.

Mal por Satanás, a quien creí siempre un amigo leal y protector. Pero esa noche me dio la espalda, entre las carcajadas de fuego que atontaron mis oídos. No quiso brindarme apoyo en el momento en que se atascó mi arma, cerro todas las puertas de las casas de aquella calle, y elevo las terrazas y los techos tan altos que me fue imposible escalar. Me entrego a las manos sedientas de sangre de mis enemigos, sin siquiera tener en cuenta que yo era un siervo a su servicio.

La noche más sola, triste, fría y negra de todas.

Fue la noche más sola, porque aunque la calle se llenó de gente conocida (al verme caído y completamente vencido), las caras de mis amigos fueron reflejando sus verdaderos sentimientos hacia mí. Sentimientos que se convirtieron en acciones, cuando ninguno intento siquiera socorrerme, por el contrario, en muchos podía apreciar el deseo de terminar el trabajo empezado por Pillo y Alex, propietarios del 38 largo Llama Martial y la Pietro. De donde salieron siete proyectiles de los cuales dos se perdieron al aire, otro estallo los cristales de una ventana, tres hacían parte de mi cuerpo, y el séptimo, el más perverso y maldito de todos, detuvo su marcha en la cabeza de un niño que se encontraba jugando una calle más arriba. Al niño, lo socorrieron de inmediato y lo llevaron al hospital; aunque fue muy tarde.

El plomo en los pulmones, me asfixiaba y recordaba las sentencias de mis mujeres, cuando aseguraban que el cigarrillo los acabaría; el plomo en el hombro inmovilizo mi brazo, dejándome la mano completamente pegada al Taurus 38 especial niquelado que siempre me acompaño, y el plomo en la columna vertebral, fue lo suficiente efectivo para paralizar mi cuerpo por completo.

Fue la noche más triste, al ver mis familiares más cercanos demostrándome un afecto y cariño que nunca sintieron ni fingieron, lo cual era muy tarde. Las lágrimas de un adiós no lavan los sufrimientos y desprecios de toda una vida.

Fue la noche más fría, porque el beso de la muerte se tornaba más apasionado al pasar de los minutos. Mi cuerpo empezaba a congelarse al sentir los labios secos y ásperos de aquella dama, delgada y pálida, que en muchas ocasiones quise amar o propicie su romance con otras personas, generando un enorme placer en mí.

Fue la noche más negra, porque mis ojos se apagaron y la luz se fue con ellos. Solo veía sombras, siluetas de demonios y ángeles que danzaban a mí alrededor, y relacione con voces conocidas.

La única en llegar a socorrerme fue mi madre, algo muy curioso, por primera y tal vez única ocasión, fue la primera en algo concerniente a mí. Siempre estuvo ausente en todas mis primeras cosas importantes: en verme llorar, reír, hablar, comer, caminar y hasta abrir los ojos al mundo real. Esos mismos ojos que en ese momento sus viejas manos, llenas de arrugas, temblorosas y ensangrentadas cerraban, en medio de un dolor y un sentimiento de culpa más grande que el mío. De su boca solo salían palabras rogando el perdón, mientras buscaba en lo alto del cielo a un ser que jamás le prestó atención.

El haber encontrado a Cristo en los últimos años y estar dedicada a predicar por las calles la palabra de Dios, aunque su vida no hubiese tenido el menor cambio, le daba la excusa perfecta para creerse pura. Como si la manzana podrida pudiera volver a ser roja y dulce.

Pedía a Dios que le perdonara tantas ocasiones en las que ella había fallado como madre y ser humano. Como si no fuera importante lo que pensaran al respecto los ofendidos. Como las veces que siendo muy niño me tocó ver como hombres que no eran mi padre, apretaran fuerte sus blancas y desnudas carnes en medio de gemidos y gritos de placer, extasiados por los delirios de la carne, perdidos en los efectos del alcohol y las drogas. O tal vez pidiendo perdón por la noche en que su nuevo amante la puso a elegir entre él y yo. Noche en que me arrojo a la calle, argumentando no poder mantenerme por problemas económicos. Noche en la que empezó toda esta historia que parecía estar llegando a su final».

-Hablemos de esa noche. -Intervino el doctor Johnson, sicólogo del penal. Apasionado del estudio de la mente criminal, sus razonamientos y consecuencias.

Rodrigo observaba el encuentro futbolístico que se jugaba en la cancha del patio, deleitándose con las lecciones y fracturas, resultado de los violentos golpes propinados entre los demás presos. La luz fuerte entraba por entre los barrotes de la reja, su espalda levemente inclinada y sus manos apoyadas sobre las llantas de la silla de ruedas, creaban la sombra de una gárgola ansiosa por volar.

-¿Te gustaría hablar de esa noche? -Pregunto el doctor Johnson, inseguro, rascándose la cabeza con el estilógrafo, al tiempo que acomodaba sus gafas a la altura del tabique.

Hace dieciocho meses Rodrigo había ingresado al penal, y solo hasta ahora accedía a la reiterativa invitación del doctor Johnson de hablar sobre sus problemas psicológicos.

Las manos de Rodrigo movieron las llantas de la silla de ruedas, haciéndola girar rápidamente. Sus negros y profundos ojos se posaron sobre los del doctor Johnson, desnudando la intención mórbida del sicólogo, quien no pudo sostener la mirada helada e intimidante de su paciente. Se retiró las gafas por un momento y con un el cuello de su camisa limpio sus arrugados y llorosos ojos. Una sonrisa se dibujó en los labios de Rodrigo al tiempo que daba la vuelta hacia la reja retornando de nuevo a su posición anterior.

-Cómo olvidar esa noche, en la que no tuve más opción que salir de mi propia casa, como un extraño necesitado de afecto, que se equivoca de hogar.

El suspiro en el pecho del doctor Johnson, evidencio la tranquilidad que regresaba a su ser. Por un momento creyó haber perdido el gran adelanto conseguido gracias a su estúpida pregunta. Encendió un cigarrillo y continuo escuchando.

«Mi madre siempre fue una prostituta. No lo digo peyorativamente, fue la profesión que siempre ejerció, nunca oculto su trabajo, por el contrario, siempre estuvo orgullosa de ser la cortesana más apetecida por los hombres que frecuentaban los burdeles de la ciudad. Aunque fui el niño con más padrastros promedio al mes, jamás tuve un padre. Mensualmente venia un hombre a casa con un maletín lleno de ropa sucia, dispuesto a sacar a la hermosa Sonia de la dura vida que llevaba.

Cinco días duraban los matrimonios de mi madre. Un fin de semana de alcohol y drogas, un lunes de resaca física y moral, y un martes con el maletín en la mano, la ropa lavada, un adiós en medio de gritos, ofensas y golpes. Y una vez más yo era huérfano de padrastro.

Me acostumbre a su profesión, vicios y amantes. Incuso a que llevara el trabajo a casa.

Pasaba horas sentado debajo del gran árbol de mangos, que había frente a la casa vecina. Contando los mangos maduros, esperando que alguno callera. La acrofobia me impedía subir y tomar alguno; además, en el barrio, tirarle piedras o palos a los arboles era un delito. Mientras intentaba derribar el mejor de los frutos del mango con mi poder mental inexistente, a lo lejos podía escuchar las carcajadas y burlas que llegaban como ecos de las orgias realizadas en mi casa.

Toda esa tarde jugué con Carlos Alberto, amigo de barrio y compañero de escuela; tal vez el único amigo que tuve en la infancia. A su madre no le importaba dejarlo juntar con el hijo bastardo de la prostituta del barrio, además se portaba muy bien conmigo, me quedaba en su casa hasta altas horas de la noche viendo televisión y jugando nintendo.

Al llegar a mi casa esa noche, encontré las luces apagadas, extraño ya que las luces de la casa nunca estaban apagadas, toque la puerta y me recibió un hombre alto, gordo, sin camisa. Creí que me había equivocado de puerta, al revisar con la vista el interior de la casa y observar nuestras pertenencias supe que mamá tenía un nuevo amante.

Continúe mi camino al interior de la casa sin importarme la presencia de aquel hombre, aunque podía sentir su mirada sucia y furiosa. Mi madre estaba sentada en la silla de mimbre que siempre permanecía junto a su cama, a sus pies una maleta grande con mis pertenencias, lo pude apreciar ya que un costado el cierre dañado permitía ver algunas de mis prendas de vestir mal empacadas, por ningún lado vi la maleta con las pertenencias de mi madre, quise pedir una explicación pero antes que mi boca se abriera la mano peluda y grande del hombre alto y gordo, se estrellaba contra mis labios tirándome sobre los pies de mi madre, no llore, alce la cabeza para ver el rostro de mamá, esta solo voltio su cara para cualquier lado. Un taxi comenzó a pitar en la calle, mientras el hombre alto y gordo me sacaba de debajo de las piernas de mi madre tomándome por un brazo. En el taxi estaba esperándome un rostro conocido pero nada amistoso, mi tío Enrique, hermano mayor de mi madre, una persona Sico rígida que creía que los niños dejaban de ser niños el día que se desprendían de la teta, después del destete entraban en edad de trabajar.

El taxi arranco y yo jamás mire atrás, sin resentimientos contra mi madre y lo que había acabado de pasar, me pareció una buena opción el cambio de ambiente, solo venía a mi mente la grotesca imagen, del hombre alto y gordo, el cual nunca nadie me dijo, que estaba haciendo en mi casa».

El sonido de la sirena que anunciaba el término de la sección, silencio a Rodrigo, e hizo regresar al doctor Johnson del retardo profundo en el que se hallaba inmerso.

-Gracias por compartir conmigo tus cosas Rodrigo-. Dijo el doctor Johnson- veras lo bien que te va hacer hablar de ellas.

Rodrigo giro su silla de ruedas rumbo a la puerta de salida de la improvisada oficina, al interior del penal, y sin decir palabras salió dando grandes braceos a las llantas de su vehículo, perdiéndose por el pasillo, dejando atrás al doctor Johnson, en medio de la curiosidad e incertidumbre que le habían despertado, la sección de esa tarde.

Última actualización el Jueves, 28 de Abril de 2011 23:53
 

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