Esperando canoas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Carolina Angel Idoro   
Viernes, 20 de Agosto de 2010 05:00
A diez minutos del sur de Cali, en las riberas del Cauca, se levanta una población de mil habitantes de origen esclavo cuya historia, olvidada por los registros oficiales, está ligada a las aguas del río y habita en los museos vivientes.

Cinco negros sentados tiran sus dados, ríen, maldicen. El sol abrasante cae a borbollones sobre esta tierra bañada de vida, de agua y mito. En las orillas del río Cauca los negros siguen jugando, vociferando... esperando. Es casi medio día y el sol calienta con sus brasas de fuego que penetran la piel, los negros brillan igual que el reflejo del sol sobre el agua. Por el camino que va hacia el río se levantan, en desigualdad de condiciones, pequeñas casas de guadua y bahareque, arena y barro, sacadas de las entrañas del Cauca: cuna de civilización, alimento de vida, centro histórico y sustento de fe. Cortan el camino y terreno del Hormiguero las aguas barruntas de un río que es muralla natural, origen y fin de esta población.

En la pequeña playa, que antaño fue la cancha de fútbol donde se reunían los hombres a jugar sus destinos mientras se divertían, se observan varias canoas que viajan. Vienen flotando en el agua, casi hundidas, cargadas hasta el tope de arena, material que es sustento del 90% de la población; otras van vacías y livianas rumbo al viejo puente, frontera de los departamentos del Valle del Cauca y Cauca desde 1947.

Montones de hombres sacan arena en cubetas a lo largo del corregimiento desde la hacienda Curazao hasta más arriba del puente, un recorrido que alcanza un kilometro. Desde lejos se observan los areneros paleando con medio cuerpo en el agua, como si nacieran de ella con sus pantalones cortos, formando montañitas de arena a la orilla del río.

Los negros siguen jugando, tiran los dados, preguntan si la canoa que llegó necesita ser descargada. –Todavía no; corren las fichas, ríen, preguntan si va a salir otra canoa. De lejos llaman a Hernán Martínez que no alcanza a tirar los dados, –¡Eh! , nos vamos... Hernán abandona la mesa, diversión pasajera de los areneros que esperan su turno de cargue y descargue, se levanta despacio y sin prisa, se despide entre risas, camina con sus pies descalzos entre la suave arena, y cinco metros más adelante se sube en una canoa. Inicia un viaje cuyo lapso aproximado de tres horas contiene el desplazamiento de la playa del Hormiguero hasta el viejo puente, la cargada de 8 a 12 metros cúbicos de arena en una canoa que roza la línea del agua y amenaza con hundirse, mientras los hombres se devuelven por el río que los vio llegar, nacer, crecer y trabajar, y la descargada en la playa de donde partieron. Navegan silenciosos, contemplando los cañaduzales que un día sembrados de pinos, hortalizas y árboles frutales, fueron su refugio y sustento, donde se escondían para comer frutas o salvarse de algún castigo. Era sólo atravesar el río y perderse en la maraña de verde, entre los pájaros nativos y migratorios.

Desde el puente, río abajo, se ven l? ¯?as casas de bahareque y guadua erguidas con orgullo a la orilla izquierda del río, que perezoso penetra en pequeñas cantidades por los patios y zaguanes, atravesando los cercos de esterilla amarrados con alambres, como un visitante bien recibido al que los habitantes no temen más que a la violencia y al olvido. El río es un hermano que creció con nosotros y al igual que los viejos se cansó; ahora está quietico y no hay motivos para dudar de él.

A partir de la construcción de La Represa de La Salvajina, en 1980, se han regulado el cauce del río y sus posibles desbordamientos, pero también se ha limitado el trabajo de los areneros, ya que al medio día la represa abre las compuertas y el agua baja con más presión y en mayor cantidad, arrastrando la arena, movilizándola rápida y fuertemente, haciendo difícil su extracción. Después de esta hora sólo se puede sacar balastro, piedras y lodo. Es por eso que el día de Hernán empieza muy temprano, a las cinco de la mañana ya está en su bote dispuesto a hacer al menos tres viajes durante su jornada, con suerte y una buena negociación venderá a los volqueteros cada metro de arena a 12.000 pesos, cifra más elevada dentro de las transacciones areneras del Hormiguero.

Alonso Olmos es otro de los cinco jugadores que esperan su turno para regresar al río, sus días cuentan la historia del Hormiguero. Nació río abajo en la población de Juanchito, pero las corrientes del Cauca lo llevaron hasta el Hormiguero en 1937, años después de que La Hacienda Cañasgordas otorgará a sus esclavos la libertad y las tierras de la ribera del río como lugar estratégico para su subsistencia, cuando aún quedaban negros que llevaban la marca de carbón con las iniciales de sus patrones en el cuello o mejillas; cuando todavía se confundía el nombre de esta población entre Alisal y Hormiguero; cuando los ancianos conocían el mito de un Capitán Salazar, que pasó durante la guerra de los mil días con su tropa por los polvorientos callejones del Alisal, dejando sus mochilas en? ¯? una esquina que rato después se inundó de Hormigas, el Capitán exclamó “Qué hormiguero” y los abuelos se lo contaron a sus nietos; cuando el río se corría unos metros para acomodar su cauce, casi siempre cediéndole tierra al Valle y arrancándole un poco al Cauca. Vio cómo el Hormiguero, a causa de la violencia partidista de los 40, quedó abandonado como uno de los pueblos del viejo sur de las novelas de Faulkner; su familia marchó en el éxodo de los campesinos a las ciudades, él volvió para instalarse como fundador y observar cómo el boom de la construcción en Cali, la pesca y la repartición de tierras, llevaron al Hormiguero las sagas de los Salazar, los Labrada, los Ramírez y los Olmos, que llegaron desde Juanchito, Chocó, Cali y Puerto Tejada para iniciarse en el oficio manual de extracción de arena, tradición que posteriormente sería el principal sustento económico. Las familias que llegaron habitan hasta el sol de hoy en estas tierras, nutridas por el agua del Cauca y parceladas desde la década del 60. Al principio esto estaba sólo, habían apenas tres grandes fincas y yo me dediqué a convencer a la gente para que se viniera a El hormiguero, la primera mujer que conquisté fue a la esposa de un tío, llamada Elisa de Olmos, ella se vino con toda su familia y trajo la buena suerte porque desde ese momento empezaron a llegar personas del Chocó, de Cali y de Buenaventura atraídos por el pescado y la tierra. Y así fue como empecé a repartir mi tierra entre los que llegaron.

Don Alonso pescaba cuando aún por el río navegaban los grandes buques cargados de alimentos y pasajeros que descansaban en La Estrella Roja, bodega que en el Hormiguero funcionaba como puerto auxiliar de Puerto Mallarino; y cuando entre buque y buque algún pasajero dejó una nueva especie de pez que no se daba en las aguas del Cauca: la tilapia, que fue una novedad entre los pescadores del Hormiguero y fuente de ingresos durante mucho tiempo; colaboró con Carlos Holmes Trujillo cuando en los años 70´s llevó la energía y ? ¯?el acueducto al corregimiento; vio la llegada de la primera draga, el desplazamiento paulatino de la pesca y la resistencia de los areneros artesanales ante las maquinas de extracción. Antes había más pescado y menos pescadores, ahora hay más pescadores y los pescados se esconden; pero nosotros tenemos que seguir viviendo, el río nos brindó otra posibilidad de sustento: como un sabio que predecía el futuro nos legó su arena. Don Alonso, que ha vivido del río y sus oficios, ahora trabaja en una draga y tiene su propio bote, es un afortunado del negocio, soy un patrono abandonado por el estado pero tranquilo y bendecido por la tierra. Lo llama un niño y Don Alonso se marcha riendo con su sombrero de paja desgastado y una pala en la mano.

El río es la vida para nosotros y nos sostiene con el agua, el alimento y el material que regala. Pero desde las 12:30 nos ignora, pues sus aguas vienen rápidas y desbocadas. Además el negocio de unos pocos le está haciendo daño y el estado no hace nada por solucionar ese problema, afirma Almikar Romero, un nativo dueño de tres botes, que juega mientras espera a que lo llamen para informarle de alguna novedad respecto al viaje, el río, los botes o la arena. Don Almikar hace parte del grupo de areneros que trabajan en la formación de una cooperativa con fines de preservar el oficio de forma artesanal y de abrir nuevas opciones de empleo en el corregimiento. Su objetivo es proteger la extracción manual de arena, principal fuente de trabajo, garantía del futuro de los jóvenes, y actualmente amenazada con el aumento de dragas y la llegada de malacates o maquinas retroescabadoras, que funcionan sin ningún tipo de licencia ni restricción de las autoridades a pesar del daño que causan, rompiendo las capas de tierra en el fondo del río hasta llegar al lodo y sacando material indiscriminadamente. La esperanza de una población que sobrevivió a la esclavitud, la violencia, y aún lucha contra el olvido, se personifica en los habitantes que establecen día a día estrategi? ¯?as para proteger el río y convertirlo en otra fuente de ingresos, y así como un día la pesca le dio paso a la arena el río les ofrezca un nuevo oficio, una oportunidad de futuro. Nosotros queremos reforestar el río, estamos haciendo una campaña para que la CVC nos de semillas para sembrar árboles en las riberas y así llenarlo de oxigeno y vida, para que vuelva la agricultura y se descontamine un poco el agua.

Los habitantes del Hormiguero aman su población y el río que ha sido alimento, diversión y muerte; todos coinciden en que no vivirían en otra parte y en que deben proteger el Cauca, al menos en su territorio, porque él los ha hecho testigos de la historia de Colombia y de su sociedad; de la violencia del narcotráfico que dejaba sus huellas convertidas en cadáveres flotando como troncos en el agua, se hundían olvidados en ella hasta que algún arenero los encontraba sin poder hacer más que sacar su identidad a la luz, y para ahorrarse problemas con las autoridades, los abandonaban nuevamente en el río para que la corriente los llevara algún día a su destino final. Me daba mucha nostalgia cuando veía bajar a los muertos como si fueran basura, troncos inmóviles y olvidados. Es muy doloroso ver a una persona así. Esos tiempos han pasado y aunque el Hormiguero no olvida los muertos, y según la CVC es zona de alto riesgo - razón para privarlo de algunos servicios como las redes telefónicas- se dispone a iniciar una nueva etapa proyectada hacía el turismo ecológico en la región, utilizando el río como centro de navegación desde el río La Vieja hasta el Paso de la Olla, cuyo objetivo es conservar y generar recursos naturales mediante el conocimiento y reconocimiento de esta población cargada de historia, esperanza y sueños.

Al Hormiguero llega cada media hora una buseta de servicio público, atraviesa el corregimiento sobre la única y angosta carretera que divide los cañaduzales y el río, donde transitan diariamente cerca de cincuenta volquetas que cargan en el río y se? ¯? devuelven a las ferreterías de Cali, una calle de casas pequeñas que nunca está sola o silenciosa; donde habitan bajo el ardiente sol poco más de mil personas, trescientas de ellas areneros, que tienen a su servicio tres escuelas, dos colegios, cuatro iglesias protestantes, tiendas y bailaderos. Por la cercanía a Cali el corregimiento ha perdido su autonomía y en lugar de hospital tiene un centro de salud que funciona hasta el medio día, las veces de cárcel las hace una pequeña inspección que no alberga reclusos y es custodiada por cuatro policías, en la que también despacha la CVC. Esta región bañada de agua, con cinco humedales olvidados, realiza cada 8 de diciembre una fiesta en el río, cerca de quince canoas cargadas de personas siguen el recorrido de la virgen, que comienza en la playa baja y culmina en el puente con una misa de medio día, allí ofrecen sus productos eternos y perecederos: la arena, el pescado y los frutos, se encomienda el corregimiento y el trabajo de los areneros a la protección de la virgen y en la noche comienza el carnaval. El río es el padre del Hormiguero y de todos los areneros, nos da para comer, vestir, tomar y gozar, es el patrono de nosotros, que no conocemos otro jefe. Afirma Don Crispín Isabelino sonriendo, alegre y muy agradecido.

Última actualización el Martes, 08 de Febrero de 2011 05:37
 

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