Cuestión de gustos PDF Imprimir E-mail
Escrito por Albeiro Álvarez   
Jueves, 03 de Marzo de 2011 18:04
La mujer parada en el andén mira con gesto de orfandad. Está despidiendo o esperando a alguien. Su cuerpo parece a punto de desgajarse. La observa. Cuando el tren empieza a moverse repara en el hombre al frente en la litera: algunas canas, cejas pobladas formando el arco férreo del entrecejo y una mirada perdida. Observa la cicatriz. Podría tener su misma edad. Cincuenta años, que ya son muchos.

Acomodó el maletín a un lado. Hizo un leve gesto con la cabeza y le sonrió.

-Vengo a matarlo -le dijo sin mirarlo.

Observó a través de la ventanilla el otro tren que pasaba como un aire desfigurado, llevándose por delante el paisaje. Lo desconcertó que no se sorprendiera. Apenas le devolvió la sonrisa. También tenía la mirada perdida y algunas canas. La imagen de la mujer diciendo adiós volvió a su mente.

-¿Por qué?
-Tengo que hacerlo.
-¿Por qué? -volvió a preguntar.
-Es una orden -lo miró a los ojos y se encontró con el mínimo reflejo de curiosidad-. Es mi trabajo.
-¿Cumple todas las órdenes?
-Es mi trabajo. Siempre lo he hecho.
-Este no tendrá por qué ser diferente.
-Cierto.

No quiso averiguar más detalles.

-Parece que será un buen día -dijo después de un breve silencio-. Me gustan más los días fríos.
-Yo prefiero el verano.
-Cuestión de gustos.
-Como todo.

Le gustaba la lluvia. Cuando estaba en casa le gustaba ver cómo las gotas bajaban por el vidrio deformando la imagen del mundo. Pensaba que era la nostalgia de cuando éramos renacuajos. Se llamaba Luis Carlos. Le parecía un nombre muy juvenil. Aunque le costaba pensar que alguien a esa edad pudiera llamarse así. Se lo dijo.

-De ser así tiene razón. Yo también fui joven -dijo-. Su voz cavernosa sonaba más amigable. Le sonrió.
-Me parece que hay nombres que no envejecen. Al menos eso creo. Los nombres deberían envejecer con uno. A veces no ocurre así. Parece que nos quedaran grandes. Un día uno se despierta y se da cuenta de algo: le cuesta reconocerse en el nombre, sentimos que ya no nos representa tan bien, que se quedó un poco atrás, cada vez más atrás. Se vuelve lejano y lo decimos como si fuera el de un extraño. No sé si el extraño es el nombre o lo que parece más lógico, nosotros. Tal vez los que cambiamos fuimos nosotros y el nombre no tiene nada que ver con eso. No sé.
-Piensa muchas tonterías.
-Sí, supongo que sí... usted es inteligente.
-En mi trabajo se necesita. Tal vez me daría por pensar que esto no vale la pena, que debí haberme retirado hace mucho. Cuando acepté me dije que sería mi último trabajo. Me alegra sentir que al menos eso lo puedo decidir.
-Lo tiene claro.
-Lo suficiente.

Lo miró de nuevo. Trató de reducir la tranquila cercanía que se estaba dando mientras el tren avanzaba. Todo por hablar, por no acatar una ley que era incuestionable: no tener contacto con la víctima. Mierda, se dijo, no es tan fácil como parece. Un reflujo de hastío le subió del vientre a la garganta. ¡Qué diablos! Después de todo el asunto es sencillo: lo mato, cobro, y no pasa nada, o no lo hago y me bajo de este maldito tren y me pierdo.

El paisaje pasaba como postales móviles sin destinatario. Lo vio sereno. De sus otras víctimas, algunas imploraron, lloraron y hasta le ofrecieron el doble de lo que recibiría por el encargo. Hay que ser honesto en el trabajo, les dijo antes de verlos caer. No alcanzaron a decir nada. Ni siquiera saben que están muertos, pensó en alguna ocasión, aprobando la rapidez de su acción. Ni siquiera se dieron cuenta.

-¿Qué hizo?

Por primera vez quiso hallar razones para su trabajo, encontrar la raíz del odio, de ese desprecio que lo facilita todo.

-Ya no importa -respondió-. No cambia las cosas.
-Me gustaría saber. Tiene que ser algo grave.
-No crea, la gente mata y manda a matar por nada -hizo una breve pausa-. O casi nada.

Guardó silencio mientras buscaba en su memoria algún motivo. Los que creyó encontrar los descartó, todos llevaban a la misma conclusión: no daban para tanto.

-Tal vez por casi nada le tocó a usted.
-No sé. No recuerdo un casi nada que sirva como justificación.
-Uno siempre sabe lo que ha hecho.
-Sí, pero no como lo toma la gente.
-...
-Dígame quién le pagó y entonces tal vez entienda el motivo.
-Yo tampoco lo sé.
-¿No sabe quién le pagó?
-No. Me llegó un sobre con una foto suya, no muy reciente, y parte del dinero. Atrás de la foto está su nombre. Por eso sé que se llama Alberto. Es un nombre de persona mayor -sonrió-. Cuando haga el trabajo me dan el resto.
-En conclusión no sabemos nada. Ni usted sabe por qué me va a matar, ni quién le pagó, ni yo por qué me voy a morir, ni por orden de quién. Qué bobada -dijo.
-Es rápida.
-¿Qué?
-La muerte. Siempre disparo a la frente o en la nuca. Nunca fallo.
-... sé cómo se llama y sabe cómo me llamo. Es algo. ¿Podría decirse que ya somos casi amigos?
-... es una bobada.
-Tal vez morir sea la única bobada seria en la vida. ¿Para dónde va?
-¿Sabe para dónde vamos?
-Ya ni siquiera para viejos.
-No usted. Yo quién sabe. Un día de estos, alguien me las cobrará.

Pasaron por un pueblo de casas desteñidas, envueltas en una película de polvo, tejados altos con gallinazos propios y calles sin pavimentar. Luego un valle seco y caliente, casi un desierto. Sólo entonces dijo que iba para el pueblo que seguía.

-¿Qué va a hacer?
-Mi hija. Voy a hablar con ella. La última vez discutimos. Quiero arreglar las cosas. ¿Usted tiene hijos?
-No.
-Tal vez sea mejor así.
-Creo que sí.
-Mi hija ha sido muy importante. Fue el salvavidas que me mantuvo a flote. A veces, aunque nos estemos ahogando, es bueno resistir. Otras lo mejor sería dejarnos hundir.
-¿Y en qué momento está ahora?
-No sé. Creo que me da igual. Sólo quisiera hablar antes con ella.
-No va a alcanzar.
-A veces se piensa mucho. Hay que hacer las cosas en su momento. La vida no da plazos.
-Yo he sido más práctico. Siempre he hecho las cosas en su momento. Ni siquiera he tenido tiempo para pensarlo. Además no me gusta hacerlo.
-¿Ahora no lo piensa?
-No.
-Mejor para usted.
-¿Y para usted?

Cuando se fue su mujer, solía decir en la taberna, con una copa de brandy en la mano, que no sabía si sentirse mal o sentirse bien. Debía agradecer al tipo con quien se fue, aunque otras veces su impulso era dejarse ir contra él con una sarta de letanías biliosas, con las que creía desalojar el amargo encabronamiento que le corroía las entrañas. Después contaba un poco borracho parte de la historia: la conoció en uno de sus viajes. Entonces trabajaba como representante de ventas de una empresa importante. Un día lo echaron. Su manera de protestar fue decir que era un despido ilegal. Siempre fui uno de los mejores empleados, siempre me esforcé por hacer las mejores ventas y así me lo agradecen estos hijos de puta, decía, y se tomaba otro trago. Ella se fue con un compañero de trabajo al que él llevó varias veces a su casa. Aún era joven. Pasó mucho tiempo odiándola. Luego se sintió más tranquilo, pero también mucho más solo. Aunque llegó a pensar que el odio también es una compañía.

-¿Cómo lo prefiere?
-¿Qué?
-Morir.
-No me joda.
-Sería más fácil para los dos.
-Haga lo que le ordenaron.

Un silencio cortante se atravesó entre los dos, frente a frente, en la litera que solo ellos ocupaban.

-En este pueblo crecí -dijo Alberto mirando las primeras casas.
-La vida tiene su lógica. Aquí creció y aquí se va a morir. Algo lo trajo a morir aquí.
-Creo que usted me gana. Es más cabrón que yo.
-Puede ser.

Miraron al tiempo por la ventanilla.

-¿Cómo le va con la vida? -preguntó Luis Carlos.
-Eso ya no importa.
-Tal vez sea el momento del balance.

Alberto hizo un gesto de aburrimiento.

-Si hago balance termino en ceros. Lo que gané lo perdí.
-Algo debió haberle quedado.
-Los años.
-Esos no cuentan.

Hizo una pausa. Por su memoria desfiló el rostro de ellas dos.

-Queda mi hija.
-¿La tuvo con su esposa?
-No.

Alberto lo miró con un gesto sombrío, que por primera vez le reveló un aire inevitable de incertidumbre.

-Podrá resistir. No se preocupe.
-Podría.

Luis Carlos se acomodó en su asiento. Metió la mano bajo el abrigo, hizo un movimiento mecánico. Alberto se preguntó cómo era posible que todavía lo llevara puesto. Hacía calor. Tal vez le daba seguridad conservar su atuendo de matón de cine. Pensó también que le servía para ocultar el arma. Luis Carlos sacó el paquete de cigarrillos y le ofreció.

-Gracias. ¿Para los nervios?
-No.
-Mi hija no sabe que vengo.

Recordó otra tarde. Descendió del tren y se encontró parado frente a ella, en silencio, atragantándose con las disculpas, los perdones con los que pretendía restituir la paz que perdió.

-¿Llegamos? -preguntó Luis Carlos.
-Ella no me espera.

Miraron por la ventanilla con aire distraído.

-¿Llegamos? Insistió.
-Fin del viaje.
-Yo debo regresar.
-¿Qué hará después?
-No sé.
-Le recomiendo un restaurante junto a la farmacia, la comida es buena. Tiene tiempo. Hasta las seis no pasa el tren de regreso.
-Tal vez me retire del trabajo. 


Albeiro Alvarez


Nació en 1965 en Caicedonia –Valle.

El hombre no había ido a la luna y no existían los jardines infantiles. Pasó de la primaria al bachillerato con sólo cruzar la calle que separaba la escuela del colegio. De su pueblo salió a conquistar el mundo pero llegó tarde. Casi todo estaba conquistado. Buscó otras maneras de relacionarse con él. Estudió Artes Plásticas en el Instituto Popular de Cultura, en Cali, para que algunos familiares y amigos le preguntaran de qué iba a vivir. Después estudio Literatura en la Universidad del Valle para que algunos familiares y amigos –los mismos más otros- repitieran la pregunta. Le han publicado en la Revista Cambio, en la antología nacional de Renata 2009 y 2010, y en la antología del taller Écheme el cuento, El Segundo Disparo. Fue finalista del concurso nacional de cuento Renata 2010.

Todavía se pregunta si le hizo falta el jardín infantil.

 

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