|
Trae Borges un cuento sobre el indispensable Averroes, en el cual lo tangencial
deviene esencial. Lo leí ha poco. Recordé que recordaba unos pasajes de la vida del Gran Comentatore, así llamado porque desde el siglo XII lo que sabemos de Aristóteles nos llegó del abrazo de Abulgualid Muhámmad Ibn-Ahmad ibn-Muhámmad ibn-Rushd, cuya pronunciación tiene una lejanía con lo dúctil o con lo memorizable que no impide que sea ese, y no otro, el nombre de Averroes en árabe. Sin memoria no tendríamos noticia de la existencia del tiempo. Peor aún, es peor aún, como se intuye con el retorno de mi recuerdo, que aquí consigno, sobre el lapso último que, en el Al-Andaluz, pasó el Gran Comentatore. Renan lo presentó ante la Modernidad hace ciento cuarenta y cinco años y a mí hace veinte. Hace quince, perseguí el rostro de Averroes en Toledo, frente a la Muerte del Conde de Orgaz, de El Greco.
De él, de Averroes, comentaron sus contemporáneos que se veía alto menos por su estatura que por lo esbelto; que cuando exponía una idea siempre la acompañaba con un movimiento circular del brazo derecho; que cuando movía el izquierdo, no tanto sus discípulos pero sí sus amigos, entendían que reposaba su convicción sobre esa idea particular; su porte y piel de cedro. Hoy quedan dos o tres referencias a la pícara lucecilla que iluminó sus ojos cuando, al final del largo viaje en aquel octubre de 1186, Granada se interpuso en el horizonte como si la realidad menospreciara la posibilidad de ser perfectible. En el instante en que Rumi, su caballo, puso el casco sonoro sobre la penúltima montaña, imaginó que el espacio se llenó de un gran temblor de oro. Atardecía, rectifican los prosaicos. Sus 66 años le advirtieron que estaba cansado y satisfecho. De Toledo traía un texto de Aristóteles, que consideraba desconocido durante, al menos, una decena de siglos. Entró en la ciudad. Al llegar a los ruidos cantarines de su jardín, su vista perdió los colores. Cierta vez, casi dos años después, se permitió la ligereza de expresar en público lo que cruzó por su cabeza cuando vislumbró Granada procedente de Toledo: “El esplendor es como el día, que trae su noche. Pero, así mismo, es como la noche, que trae su día. ¿Cuál vives primero?”. Comprendió que esa pregunta era más grande que las respuestas que podría concebir. “Lo cual no significa que carezca de respuesta”, dijo al bajar de Rumi. Los seis o siete eruditos con los cuales, desde entonces, la humanidad navega cuitas o desvaríos, citan esa frase de Averroes, quizá fuera de contexto y, sin duda, con menos rigor que frecuencia. Los niños la pronuncian para citar su experiencia personal.
Al despertar en la mañana siguiente, no logró enfocar la efigie del Estagirita, como gustaba llamar a Aristóteles, que posaba cerca de su cama. Temió no poder leer el manuscrito, que bien caro pagó y bastantes años buscó. La Historia de los Animales, decía el título. Es sólo de lejos, sólo de lejos, sentenció su suspiro. Leyó poco más de una hora, acostado en la amplitud de su cama. Desayunó. Acudió a la múltiple ducha. Dejó que sobre su cuerpo el agua versificara ritmos. La seda de su traje lo acarició como el aire cuando móvil. Entró al estudio. Se sentó en el escritorio y abrió el texto aristotélico. Acostumbraba leer tres veces. La primera al azar, la segunda en orden y rápido, la tercera despacio y de atrás hacia delante. La mañana se convirtió en tarde y la tarde en la “hora del ángelus”, cuando el día ya no está y la noche todavía no llega.
A los seis meses su cuerpo ya no volvió a calentarse. Se bañaba y tiritaba dos tardes y tres lunas. Si el amoroso viento mediterráneo besaba su cutis moro, una gripe paseaba sus días cuando no dilataba sus semanas. A Averroes no le faltó razón al sorprenderse de que esto le sucediera a los dos días, o casi dos días, de haber leído La Historia de los Animales. Paseó su inquietud por aquel dato: los mamíferos son superiores a los reptiles, ya que mantienen invariable la temperatura del cuerpo sin importar la del entorno. Lamentó menos de lo esperado la hipotermia pues no tardó en sentir la ausencia de la posibilidad bípeda. En efecto, en cuanto se paraba un mareo remoto giraba los objetos metálicos desde el este hacia el oeste y los de madera desde el sur hacia el norte, si hemos de atenernos a su propia descripción. Duró tres años lunares acostado en su cama, ya leyendo, ya meditando, ya aburrido. Pero el Gran Comentatore quizá redefinió el término “aburrido” cuando la mano no tuvo más lo que de prensil halaga nuestra práctica diaria. Es decir, no logró mantener un libro entre sus manos o una taza entre sus dedos. Por fortuna, durante años construyó las lámparas para cuando llegara el eclipse personal.
Al cabo, se le fue también la memoria. Es cierto que la pasión por la exactitud de los datos permaneció intacta en su ánimo durante los últimos meses de vida. Varias veces, sobretodo cuando Maimónides lo halagaba con sus visitas, gritó de nuevo la proclama de la mutua juventud: “Volvamos a los datos, volvamos a los datos. Allí está la teoría, allí está la poesía”. No fue esa la clase de memoria que escapó con su equipaje de feliz utilidad. Una clase de memoria más conmovedora, más débil pero menos eludible; una implacable; esa fue. Se proponía llamar a alguien y olvidaba el nombre. Cuando recordaba el nombre, no se acordaba para qué lo llamaba. Cuando el nombre y la causa por la cual lo pronunciaba se quedaban en el banquete de su conciencia, la ignorancia aparecía más adelante y ya no alcanzaba a saber para qué quería eso que pedía, como si la necesidad flotara y no hiriera, como si se disipara en vez de aumentarse. “Ah, sí, claro, tengo sed”, solía su benevolencia usar como disculpa. “Dame un tanto de vino, por favor”.
De esta manera, o mejor dicho, como zorros locos, como reliquias heridas, huyeron de él no sólo los atributos que hacen humano a un humano, tal la vista policromada que nos regala la presencia de todos los colores, tal la vista estereoscópica que nos permite enfocar la certeza de los detalles, tal la mano prensil que nos vuelve útiles para nosotros mismos, tal la memoria cuya riqueza únicamente agota a los pobres de espíritu; sino que huyeron, igualmente, los atributos mamíferos, tal la estabilidad térmica del cuerpo.
Pero ese no es el recuerdo con el cual, al leer el cuento de Borges, luché conmigo mismo para traer a la memoria. Bueno, digo mal. Claro que lo es. Sin embargo, es más. Es un hervor, un pálpito, una intuición de que el cosquilleo que abona mi ánimo apunta a la causa de la involución del Gran Comentatore. El primer momento de la Modernidad. Oí la voz de mi abuelo: “Esa palabra, esa palabra”. El primer momento de la Modernidad, he ahí a ibn-Rushd. Esa fue la causa de su involución. En la Edad Media Platón acabó hasta con las ciudades. Con Aristóteles, Occidente regresó a la Madre Tierra, impulsó el estudio de la naturaleza, marcó el camino la lógica y señaló un nuevo lugar para la aventura humana en el Universo. Pronto aparecieron Nicolás de Cusa y Tomás de Aquino.
Averroes no es el único que ha involucionado. Igual involución le sucedió a Nietzsche. El de Sils-María propinó la primera estocada a la Modernidad. Tras esto, abrazó a un caballo al lado de la fuente central de una plaza de una ciudad que elude mi memoria y espetó al oído del equino: “Wagner, yo sabía que ibas a terminar así”. Hecho lo cual, se exilió los últimos diez años en el nirvana o en el infierno de la sinrazón. Inaugurar o terminar una época, ejercer de pilar o de hacha de lo construido por los siglos, mirar el Universo de otra forma, cambiar el mundo con tan sólo un papel en blanco por espejo, trae consecuencias, no sólo satisface y cansa. Consecuencias que con suavilocuente tacto pasan la mano sobre la piel de las décadas para abrir espacios donde antes no existía espacio. Todo esto como si la cierta plenitud del vivir no se agotara.
Tres razones habitan en el nido del Cóndor, desde donde despliega su vuelo una nueva época. Tres, pues, son las causas posibles sobre la involución de Averroes. La primera posibilidad, el azar. Pero ya sabemos que, según Voltaire, azar es la palabra que usamos para referirnos a un efecto conocido de una causa desconocida. La segunda, así como los dolores del parto anticipan el nacimiento de algo desconocido, lo más difícil es que una persona participe tan plenamente de su época que llegue a convertirse en el útero de una nueva. La tercera probable causa, quien activa los dioses, según Hölderlin, divide su lapso vivencial en dos partes; ruda la una, armoniosa la otra. |